¿Es racional el precio del gas en Argentina?

por Roberto Carnicer - 20-Jun-2016

En el marco de un nuevo paradigma, es sabido que las decisiones en el sector energético de los gobiernos de Nestor Kirchner, primero, y de Cristina Fernandez de Kirchner después, se caracterizaron por mantener el congelamiento tarifario, postergando las renegociaciones contractuales cuanto fuera posible, y aplicando fideicomisos y subsidios para cubrir parcialmente los mayores costos del mantenimiento o ampliación en la cobertura del sistema, impidiendo reclamos de incumplimientos contractuales ante organismos internacionales, en medio de medidas que aumentaban de manera directa la intervención regulatoria al interior de las empresas.

Se desempolvaron esquemas intervencionistas, incluyendo expropiaciones directas, completando un típico ciclo de reversión de las reformas de la década anterior, en un rally que disuadió el esfuerzo inversor del sector privado. En particular analizaremos el orientado tanto al upstream (producción) como al downstream (transporte y distribución) del sector gasífero Argentino.

En un camino repleto de curvas y vías recursivas, se fue edificando un entramado regulatorio sumamente inestable, con el resultado de inequidades, reducción de inversiones y la consecuente caída de producción. Sucede que, para un mercado caracterizado por inversiones que se cuentan en cientos o miles de millones de dólares, no hay nada más incompatible que las inestabilidades regulatorias.

En esta amplia industria, a lo largo de los años y a lo ancho del planeta, las firmas aprendieron a convivir con fluctuaciones en los precios cubriéndose con derivados financieros, o de contingencias naturales mediante la toma de seguros, pero todavía no han desarrollado un antídoto para la elevada exposición a los cambios regulatorios, salvo el apego a las normas y la facultad de hacerlas cumplir.

Los remiendos regulatorios de los últimos quince años trazan un viacrucis desorganizado con origen en la Ley 25.561 (Ley De Emergencia Pública y De Reforma Del Régimen Cambiario), seguido por innumerables resoluciones, disposiciones e incluso, decretos y leyes. Un repaso de este largo recorrido en términos de retribución al gas en boca de pozo, resulta bastante sintomático de lo ocurrido en el pasado cercano, más aún, considerando que gran parte de los nuevos incrementos eran cobrados a destiempo y en algunos casos como herramientas de presión para negociar nuevos acuerdos.

Veamos:

En un período (2002-2014) en el que el precio del gas de importación variaba entre 7 y 17 dólares/MMbtu (unidad de medida de calor), en la Argentina los precios de gas fueron congelados a 0,4 dólares/MMbtu a partir de la Ley 25.561. Le siguió un intento por avanzar hacia un sendero de precios ordenado (decretos 180/04 y 181/04), pero recién en la Resolución 208/04 del Ministerio de Planificación comienza a tomar forma con vías a los 1,05 dólares/MMbtu, sólo para el No Residencial.

Con posterioridad, en Junio de 2007, se homologó mediante el dictado de la Resolución 599/07 de la Secretaría de Energía el llamado Acuerdo con Productores de Gas Natural 2007-2011, con el propósito de garantizar la continuidad del abastecimiento y precios cercanos a los 1,7 dólares/MMbtu, aplicable solo a Industrias y Centrales Térmicas que debían contratar directamente con los productores (segmento unbundling), quedando los residenciales exclusivamente bajo el ámbito de las distribuidoras a precios muy inferiores.

A partir del 2008, la antinomia entre el precio de gas producto de inversiones nuevas (gas nuevo) y el precio de gas generado a partir de inversiones hundidas ya realizadas (gas  viejo), se hace presente con el programa conocido como Gas Plus (Resolución 24/08 de la Secretaría de Energía). El precio de gas en boca de pozo comienza a gravitar en un rango cada vez más amplio y difuso al compás de la estacionalidad del consumo Residencial y su consecuente baja retribución.

Por ese entonces, un poco de alivio se generó con los cambios dispuestos por el Enargas en la segmentación del mercado Residencial, al aumentar la tarifa a los segmentos de mayores consumos. No obstante, todo resultaba insuficiente para revertir la caída en la producción de gas natural.

Años después, y como resultado del proceso en andas, la amplitud del rango de precios, en lugar de moderarse comenzó a intensificarse en el marco de un nuevo período normativo acuciado por la crisis gasífera. La misma fue el producto de la persistente baja en la producción de gas natural y la creciente demanda de los sectores de Generación de electricidad y Residencial, impactando en los cortes al abastecimiento industrial.

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Si bien el Decreto 1207/12 reglamenta la Ley de Soberanía Hidrocarburífera (LN 26.741) declarando de interés público nacional el logro del autoabastecimiento de hidrocarburos, lamentablemente las metas y los incentivos para alcanzarlas seguían tan cruzadas como años atrás. Incluso, el desdoblamiento cambiario comenzaba a trazar, al igual que con el petróleo, una economicidad ilusoria en línea con la disparidad entre la cotización oficial y la no oficial del dólar (ver en gráfico precio promedio en boca de pozo “con impacto cambiario”).

En este sentido, más allá de la estacionalidad del consumo, los precios, definidos en dólares pero nominados en pesos a tipo de cambio oficial, revirtieron la flaca tendencia alcista en los precios de gas en boca de pozo conspirando con las iniciativas de estímulo a la producción .

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Por otra parte, el precio promedio del gas importado llegó a representar más de seis veces el valor reconocido al upstream doméstico, un somnífero para el exiguo entusiasmo local en vistas de los rendimientos de la industria tras las fronteras.

Con la mirada en el retrovisor vemos el fin de ciclo, el cual se cierra con la fuerte baja del benchmark internacional y el alza del tipo de cambio oficial, al punto que las curvas se cruzan y dejan la sensación de haber dejado atrás una oportunidad de trazar una evolución ordenada hacia un precio global mayor.

Ahora un nuevo ciclo se inicia con precios de importación muy bajos (3 u$d/MMBTU con gas Boliviano, y 5 u$d/MMBTU con LNG importado del resto del mundo) y sin ninguna restricción cambiaria, que podrían permitir un sinceramiento del precio en el mercado interno.

Sin embargo, nos encontramos con un escenario extremadamente complicado, con retrasos de inversiones, caída de producción (levemente revertida por un inicial y humilde esfuerzo en la extracción no convencional, el famoso shale gas y tight gas en la bendita Vaca Muerta, que requiere enormes y necesarias inversiones), extraordinario nivel de importaciones, costos de producción superiores al mercado internacional, reclamos gremiales, retrasos de precios y tarifas (de hasta 1000%)  y un consumidor que reconoce la dramaticidad de la coyuntura, pero como todos, también es víctima y receptor de los atrasos de los demás sectores (electricidad, agro, industrias, etc.).

El gobierno entonces recurre, para lograr recomponer la situación, a establecer precios de gas mayores a los definidos en el mercado internacional, ajeno a todas las fuerzas de mercado, para incentivar el crecimiento de la producción en un mediano plazo, y mientras tanto, para satisfacer la demanda, aumentando el abastecimiento con mayores importaciones.

Lamentablemente, la comunicación del gobierno no fue la adecuada, por extremadamente sucinta, no fue comprendida por la sensibilidad de la población. Aprovechando esta situación, nuevamente las mezquindades de los intereses políticos por una parte, las empresariales y gremiales por otra reclaman su posición considerando exclusivamente la óptica sesgada e incompleta de su realidad, fomentando un círculo de desconfianza que daña la normalización y el crecimiento de un país.

En definitiva, aunque se trata de buscar esquemas, que por más buenas intenciones acarreen, parecería que tendrán pocas incidencias, en una industria en que parecería que empresarios, gremialistas y políticos necios no quieren reconocer la real situación del país, y por el contrario buscan exclusivamente cubrir el daño a su propio sector o aprovechar la oportunidad para sus intereses personales, poniendo como rehén a la opinión pública.

Este es el momento en el que Argentina requiere del esfuerzo de toda la sociedad, posponiendo las posiciones encontradas y dando ejemplo a las futuras generaciones, que somos capaces de construir una nación.

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